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Posted on 01/05/2006 7:29 PM EST
Carta a mis semejantes

 Andrés Eduardo  Rodríguez Tejeda,  desde Holguín/Cuba   

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Andrés Eduardo  Rodríguez Tejeda
 obiholguin@cocc.co.cu
Con motivo del  hostigamiento y acoso al que estoy  siendo sometido,  quiero dejar  por escrito las  motivaciones que he tenido para tomar la  opción  de  participar en una lucha cívica-ciudadana en Cuba.

Mi nombre  es  Andrés Eduardo Rodríguez Tejeda,  ciudadano cubano, de 48  años, vecino de  Holguín;  casado y con tres hijos adolescentes de  esta unión,  cristiano y  católico práctico desde mi  nacimiento.

 Ingresé en el Seminario en el año  1978 con 21 años,  en  el cual pasé siete años y del cual salí por  propia   voluntad como resultado de una larga crisis  vocacional, recibí  el  sacramento del matrimonio en  1990 y la ordenación de diácono  el 27 de  diciembre de  1999.

 He sido catequista de  jóvenes y de adultos, asesor  de  jóvenes y de un grupo de  discapacitados, animé como  laico la  comunidad de la capilla del  Cementerio de  Holguín, trabajé en Cáritas  Diocesana durante  casi  ocho años y en el programa de 3ra edad, atendí  el programa de Familias con hijos con Síndrome de Down,  fui el   coordinador de proyectos y encargado de  acompañar a las personas que  viven  con el VIH/SIDA en  la provincia y mi último trabajo  pastoral fue  atender  la Comunidad parroquial de San Buenaventura  a 48 Kms  de la  ciudad de Holguín. Hoy en día colaboro en  la  pastoral de la Catedral.

 Al  igual que miles de  católicos cubanos, hemos sido  acosados, hostigados y   perseguidos, desde nuestros  primeros años de vida, por este sistema y  su  aparato  represivo, por el mero hecho de ser  cristianos  católicos y de  tratar de vivir nuestra fe.

  Por eso que ha vivido y está viviendo nuestro  pueblo  es que  desde el año 1990, tomé la decisión de no  continuar con  los  brazos cruzados y de alzar mi voz en  busca de cambios pacíficos  en  Cuba, de trabajar en  unidad con otros cubanos por   transformaciones  democráticas, por buscar libertad de   expresión,  libertad religiosa, libertad de asociación,  libertad  del  hombre en su sentido más pleno, respeto a  los  derechos de cada ser humano  en esta tierra y "por la   dignidad plena del hombre", como dijera  nuestro  apóstol José  Martí, por buscar un Estado de Derecho y  la paz y  la  reconciliación de todos los cubanos.

 En la primavera del año 2003,  el  gobierno cubano  condenó y encarceló injustamente a 74 hombres  y  una  mujer, cubanos todos, católicos en su gran  mayoría,  algunos amigos  míos, repartiéndolos por todo el país  a  grandes distancias de sus  residencias.

 Por cosas de  Dios, tres sacerdotes amigos (uno de  Bayamo,  otro de la Habana y  otro de Las Tunas) y sin  ponerse ellos de acuerdo, me  pidieron  que les diera  apoyo y acogiera a las familias de estos hombres   que  habían sido recluidos en cárceles de Holguín,   petición  a la que  no me podía negar. Al año siguiente  por  voluntad de Dios y decisión de mi  obispo, fui  liberado  de todo compromiso pastoral y por cosas del   Espíritu  Santo, descubrí el canon 288 que hace referencia al   287, donde  se dice claramente el derecho que tenemos  los  diáconos permanentes a  participar en la política  activa y  partidista.

 Al constatar la  injusticia que se había cometido  con  aquellos 75, y que se seguía  cometiendo con ellos en   las prisiones, y con sus familias y la repercusión  que  esto  tenía para todos los cubanos, me hicieron ver el  llamado de  Dios  a tomar nuevamente una participación  activa.  No me escudo en mi condición de  ministro de la  Iglesia  para tomar esta opción, ni he pedido a mi  obispo que  haga nada  especial por mí si algo me pasara,  ni  siquiera en estos momentos de acoso y  represión donde   me encuentro seriamente amenazado.

 De la Iglesia, sólo  pido que  me trate como hijo suyo  que soy. Con la experiencia de 46 años  de  vida bajo  este sistema, la tortura física o psicológica,  la  prisión, el  destierro y hasta la muerte si fuera   necesario; estoy dispuesto a utilizar  todas las armas  de  la  lucha no violenta. Sin embargo,  públicamente   responsabilizo a las autoridades cubanas y a su  órgano  represivo  de lo que me pueda pasar.

 Entre las consecuencias que  asumo al  tomar esta opción  de lucha, están las repercusiones que mis   actos  tendrán sobre mi familia, mi esposa y mis hijos.

  Cualesquiera que  sean las consecuencias, confío en la   misericordia de Dios.  Me pongo en  manos de María, Madre de la  Caridad, como  gran intercesora nuestra. Pido  también las  oraciones  de todos los que invoquen al Dios del  Cielo.
 
 Saludos cordiales a todos
 
 Andrés Eduardo  Rodríguez  Tejeda, Diácono Permanente  Diócesis de Holguín,   Cuba

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